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Como ya comenté en algún post anterior, suelo tener la mala costumbre de empezar mi día con un café y hojeando el periódico, primero porque tengo tiempo de sobra antes de que el reloj comience a marcar esas horas, a veces interminables, en las que se supone que soy productiva para este país. Y segundo, porque me gusta rebuscar entre crisis, guerras, desastres varios y sucesos, algún rayito de luz que me anime y me confirme que no soy la única que realmente quiere un mundo mejor.Y encontré ese rayo, en esta noticia que transcribo a continuación.
En este mundo en el que prima el negocio y sobretodo el beneficio, es de admirar que alguien mantenga una ilusión sin apenas rentabilidad y con el riesgo de que lo tilden de loco.
Un cine en la bodega
“Ernesto Romero tiene un cine como un Mecano metido en casa. Una isla gozosa en una esquina de Leiro (en O Ribeiro, Ourense), a dos pasos de las viñas que cultiva. Ernesto Romero baja las escaleras de su vivienda unifamiliar y abre las puertas del bajo como quien separa las cintas de un regalo. Allí aparece esplendoroso su juguete: 144 impolutas butacas alineadas frente a una pantalla de 6×3 con seis canales de sonido y la acústica recientemente mejorada. Un centenar de butacas sobre el impoluto suelo de listones de madera sin pulir, una mínima sala de proyección anexa a una escueta taquilla y, al otro lado, un minibar con chocolatinas, bebidas y frutos secos, con su pasillo y sus váteres al fondo.
Ernesto Romero tiene su juguete en el bajo de casa, en el núcleo urbano de Leiro. Un cine contra todo pronóstico. Y los cerca de 200 vecinos, la mayoría agricultores jubilados, tienen en el pueblo su cine con proyecciones diarias en los meses de verano, y viernes, sábados y domingos, además de festivos y sus vísperas, durante el invierno.
“No es rentable”, confiesa el empresario. Pero se resiste a cerrarlo. “Es que engancha: esto es mágico”, sostiene aferrado a la nostalgia del blanco y negro (Casablanca por encima de todo), al zumbido del proyector, al rebobinado y vuelta a empezar.
Romero mantiene el culto al cine en una provincia en la que este negocio se escabulle y en un momento en el que la capital resiste el envite de Internet y la desgana con una sola empresa (con ocho salas) declarada ilegal por la Justicia hace apenas unas semanas. Pero Leiro es la retaguardia. Desde los años 30 hay sala de cine: el primero, el Avia, mudo. “Mis padres me llevaban de pequeño a ver a Joselito y Marisol al Cine Leiro y me embobaba”, recuerda el empresario-agricultor, de 56 años, y detalla cómo después conoció en el instituto al hijo del dueño. “Y empecé a ir los domingos a ayudar con el proyector: estuve seis años así, trabajando y aprendiendo hasta que saqué el carné de operador”.
Pero en cuanto regresó de hacer el servicio militar, en los 70, para emplearse en el cine de su pueblo, éste había cerrado por falta de espectadores. Así que consiguió trabajo en el Teatro Cervantes de Vigo y más tarde en el García Barbón, “hasta que en 1982 la caja de ahorros lo compró”. Romero regresó entonces a casa para trabajar las viñas familiares, pero el cine lo arrastró sin remedio.
“¿Quién monta un cine en mayo del 83 en un pueblo de Ourense, cuando todos cerraban?”, se pregunta inculpándose de su tozuda ilusión. “Yo cojo todo lo que dejan los demás por falta de rentabilidad”. La Xunta acaba de retirar la subvención para las salas de baja rentabilidad de los cines de pueblo. “¡Y después dicen que quieren fijar población en el rural!”.
De momento, hace frente a la crisis y la escasa rentabilidad del Novocine, asumiéndolo todo: “Soy el dueño, el proyector, el acomodador, el taquillero, el que contrata las películas, el montador, el que cambia los carteles y el que vende las chuches”. Pero cuando proyectó Alma gallega y salieron las escenas de la vendimia en O Ribeiro, tuvo lleno total. Naturalmente, Romero se ve totalmente reflejado en Cinema Paradiso, esa historia de amor por el cine de Giuseppe Tornatore. “Con 13 años acompañaba a mi padre, que era empleado de Fenosa, a leer contadores sólo porque el del cine había que leerlo en la máquina”.
Como en Leiro apenas hay jóvenes, el Novocine suele acoger a los de Carballiño y O Ribeiro. Está al día y es más barato (tres euros la entrada). “Pero tengo algunos clientes semanales del pueblo, jubilados, que no se pierden una”.
Entre pase y pase en el sótano de casa, el empresario sube al ático. Allí guarda otro tesoro: cientos de gramófonos, transistores de válvula, visores y máquinas de fotos en tres dimensiones, fonógrafos, vitrolas, pianolas, discos de comienzos del siglo XX (alguno de hasta un kilogramo de peso) rollos de canciones para piano que se tocan solas y postales y documentos. Un mundo de ensoñaciones en blanco y negro. “Siempre me critican porque compro cosas viejas, lo que nadie quiere, pero yo soy feliz entre todo esto”, señala el resistente, mientras pone en la gramola, de impecable sonido, un éxito de Antonio Molina de los años cincuenta.” El País, 10/11/08.
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“La cordura es una locura que se usa para bien; la vida despierta es un sueño controlado”.
Es el título de una película de Richard Linklater que he visto este fin de semana. Es una película de animación, muy densa, en la que se entrelazan temas como realidad y apariencia, sociedad, libre albedrío, nuestras relaciones con otros, y el significado de la vida. Me gustó bastante, pero creo que necesitaré volverla a ver diseccionada, para “digerirla” bien.
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“Till the end of time, long as stars are in the blue
long as thereand’s a spring of birds to sing iand’ll go on loving you
till the end of time, long as roses bloom in may
my love for you will grow deeper with every passing day
Till the wells run dry and each mountain disappears
iand’ll be there for you to care for you through laughter and through tears
so take my heart in sweet surrender and tenderly say that iand’m
the one you love and live for till the end of time
andlt;brief instrumental interludeandgt;
Till the wells run dry and each mountain disappears
iand’ll be there for you to care for you through laughter and through tears
so take my heart in sweet surrender and tenderly say that iand’m
the one you love and live for till the end of time”
Perry Como “Till the end of time”
DeVotcka “Till the end of time”
Como me va a ser imposible ese día poner un post, hago el regalo por adelantado y así no quedo mal. Como hay una versión original del tema, pongo las dos para que cada uno elija la que mas le guste.
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Azulcasinegro
NaranjaColor
Grisplata
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En un viaje a Italia, y en concreto a Roma, vi una tienda en pleno barrio del Trastevere con todo tipo de relojes de arena, y quedé prendada. Hasta ese día nunca me había fijado en ellos, la verdad es que tampoco tuve la ocasión de ver uno de cerca y me produjo una doble sensación, por un lado deleite porque todos eran realmente bonitos, pero también sentí cierto vértigo, pues me dí cuenta de que habían sido creados para medir el tiempo y el tiempo caía demasiado rápido.
El reloj de Arena. Jorge Luis Borges
Está bien que se mida con la dura
Sombra que una columna en el estío
Arroja o con el agua de aquel río
En que Heráclito vio nuestra locura
El tiempo, ya que al tiempo y al destino
Se parecen los dos: la imponderable
Sombra diurna y el curso irrevocable
Del agua que prosigue su camino.
Está bien, pero el tiempo en los desiertos
Otra substancia halló, suave y pesada,
Que parece haber sido imaginada
Para medir el tiempo de los muertos.
Surge así el alegórico instrumento
De los grabados de los diccionarios,
La pieza que los grises anticuarios
Relegarán al mundo ceniciento
Del alfil desparejo, de la espada
Inerme, del borroso telescopio,
Del sándalo mordido por el opio
Del polvo, del azar y de la nada.
¿Quién no se ha demorado ante el severo
Y tétrico instrumento que acompaña
En la diestra del dios a la guadaña
Y cuyas líneas repitió Durero?
Por el ápice abierto el cono inverso
Deja caer la cautelosa arena,
Oro gradual que se desprende y llena
El cóncavo cristal de su universo.
Hay un agrado en observar la arcana
Arena que resbala y que declina
Y, a punto de caer, se arremolina
Con una prisa que es del todo humana.
La arena de los ciclos es la misma
E infinita es la historia de la arena;
Así, bajo tus dichas o tu pena,
La invulnerable eternidad se abisma.
No se detiene nunca la caida
Yo me desangro, no el cristal.
El rito De decantar la arena es infinito
Y con la arena se nos va la vida.
En los minutos de la arena creo
Sentir el tiempo cosmico: la historia
Que encierra en sus espejos la memoria
O que ha disuelto el magico Leteo.
El pilar de humo y el pilar de fuego,
Cartago y Roma y su apretada guerra,
Simón Mago, los siete pies de tierra
Que el rey sajón ofrece al rey noruego,
Todo lo arrastra y pierde este incansable
Hilo sutil de arena numerosa.
No he de salvarme yo, fortuita cosa
De tiempo, que es materia deleznable.
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“Me desperté, y supe que no estaba solo. Alguien respiraba a mi lado, con la rítmica despreocupación de quién duerme. Sobresaltado, me di la vuelta. Un cuerpo, que a juzgar por su sinuosa silueta era femenino, ocupaba el lado derecho de mi colchón. Acerqué mis ojos miopes a la cara de aquella mujer para distinguir sus rasgos. No se correspondían con los de ningún rostro conocido. Tenía el gesto sereno e inocente de una niña abandonada al sueño, aunque las marcas de expresión en la frente y el contorno de los ojos delataban que su vigilia, quizás, no fuera tan apacible. Su nariz era como de la de un cervatillo. Llevaba el pelo muy corto, igual que Juana de Arco. Sus labios me parecieron de dulce de membrillo.
Pulsé su hombro con mi dedo índice. Fue un toquecito leve, prudente, como el del cachorro que se enfrenta por primera vez a una flor. No sé si quería despertarla, o cerciorarme de que su presencia era real. Ella no se inmutó. El aire seguía entrando y saliendo de su pecho con la cadencia de las olas de verano.
Me incorporé y traté de recordar. Repasé mentalmente los acontecimientos del día anterior, sin encontrar nada que justificase la presencia de aquella intrusa en mi cama. No sabía que hacer. Podía zarandearla hasta arrancarla de su plácido sueño y exigirle una explicación, o levantarme y ponerme a hacer el café como si nada, a la espera de que, de repente, todo cobrara sentido en mi cabeza. Pero más que indignación o indiferencia, aquella mujer me provocaba una ineludible curiosidad.
Retiré con cuidado las sábanas que la cubrían y me sorprendí conmovido por su completa desnudez. Bajo la luz del amanecer su piel parecía bruñida e incandescente. Sentí un rumor de hojas secas en movimiento, como si una suave brisa se hubiera levantado a mi alrededor.
Me tumbé junto a ella y durante un buen rato la estuve observando con la veneración de quién contempla una obra de arte en un museo. A ratos, la brisa cesaba. Pero luego volvía con más fuerza, y yo percibía su silbido muy cercano, como si me estuviera susurrando algo al oido, algo como vamos, a que esperas, tócala.
Muy despacio posé la palma de mi mano sobre su cadera. Su tacto era frío, marmóreo, y me invadió una poderosa inquietud. Pero no la retiré. La brisa había devenido en viento y me decía: está helada, dale calor, lo necesita.
Deslicé mi mano por su espalda, hasta alcanzar la nuca. Su cuello me pareció frágil, como el de un pajarillo. Repetí el ademán varias veces, arriba y abajo, con la esperanza de fundir aquella llanura de nieve. Ella permanecía inmóvil, ajena a mis manipulaciones. Mientras, el fragor del viento me apremiaba: vamos, abrázala, no ves que se muere de frío.
Y la estreché entre mis brazos. Ella reaccionó, aferrándose a mí con un suspiro. Hundí mi boca en la pulpa almibarada de sus labios. Se enredaron nuestras lenguas y nuestras piernas. Al paso de mis dedos sus pechos se hicieron de bronce y su vientre se derritió, como si fuera de chocolate. Sus manos comenzaron a pulsar los resortes ocultos e mi cuerpo. Por primera vez abrió los ojos. Vi mi imagen atrapada en sus enormes pupilas, y fue como mirarme en el espejo de la eternidad. Entonces comprendí. Pero no tuve miedo. Sentía que yo ya no era yo. Que yo era el viento. Y no deseaba otra cosa que entrar en ella y darle mi calor, entregárselo todo, vaciarme; quedarme pétreo, gélido, inerte, como un témpano de hielo.
Ahora sé que el beso de la muerte sabe a dulce de membrillo.” Autor: Javier Fuentes (25 de mayo de 2001)
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En esta etapa melancólica en la que me encuentro he recuperado un recuerdo muy especial para mí.
Era una série de TV de los 90 que consiguió tener fieles e incondicionales seguidores -entre los que me incluyo-, a pesar del empeño que ponían los directivos del Ente en desanimarnos, con los contínuos cambios de horario y día.
No sé muy bien como empezó mi “debilidad” por la série, en principio me pareció otra série más, con toques de comedia y drama a la vez, algo surrealista. Con un protagonista que no estaba nada mal y una chica que, aunque algunas veces me resultaba histérica, me encantaba ese toque independiente, feminista y femenino, el resto de personajes también tenían algo especial, sobre todo Chris (el locutor de la emisora K-OSO), un personaje con mucho mundo interior y algo filósofo. La encontraba diferente.
Nunca entendí, por qué tenía una horario tan inhumano y sobre todo el que no volvieran a reponerla. ¿Seré una friki?. Espero que guste esta pequeña muestra de una gran série.
“Luces del Norte”
“Que tiene poseer cosas”
“A Red, Red Rose”
“El regalo”
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“A orillas de este mar sin horizonte”
te trajeron tus pasos descuidados.
Sílice,agua y viento enfurecidos
es todo cuanto tienes a tu alcance.
Nadie acudirá a tu febril llamada,
ni sufrirá contigo el dolor de la espera.
Sólo una voz contestará a la tuya,
la estéril voz del eco multiforme.
Perplejo te preguntas en qué instante,
en qué encrucijada del camino
has tomado una derrota equivocada.
Ahora, cuando el día ya declina,
entiendes que el dilema era ilusorio
y has de aceptar la noche en desamparo. Julio Pérez de Gamarra.
”El viento y el alma”
Con tal vehemencia el viento
viene del mar, que sus sones
elementales contagian
el silencio de la noche.
Solo en tu cama le escuchas
insistente en los cristales
tocar, llorando y llamando
como perdido sin nadie.
Mas no es él quien en desvelo
te tiene, sino otra fuerza
de que tu cuerpo es hoy cárcel,
fue viento libre, y recuerda. Luis Cernuda
Me tendí sobre la hierba entre los troncos
que hoja a hoja desnudaban su belleza.
Dejé el alma que soñase:
volvería a despertar en primavera.
Nuevamente nace el mundo, nuevamente
naces, alma (estabas muerta).
Yo no sé lo que ha pasado en este tiempo:
tú dormías, esperando ser eterna.
Y por mucho que te cante la alta música
de las nubes, y por mucho que te quieran
explicar las criaturas por qué evocan
aquel tiempo negro y frío, aunque pretendas
hacer tuya tanta vida derramada
(era vida, y tú dormías), ya no llegas
a alcanzar la plenitud de su alegría:
tú dormías cuando todo estaba en vela.
Tierra nuestra, vida nuestra, tiempo nuestro…
(Alma mía, ¡quién te dijo que durmieras!). José Hierro
“Estar en ti”
Yo no entro en ti para que tú te pierdas
bajo la fuerza de mi amor;
yo no entro en ti para perderme
en tu existencia ni en la mía;
yo te amo y actúo en tu corazón
para vivir con tu naturaleza,
para que tú te extiendas en mi vida.
Ni tú ni yo. Ni tú ni yo.
Ni tus cabellos esparcidos aunque los amo tanto.
Sólo esta oscura compañía. Ahora
siento la libertad. Esparce
tus cabellos. Esparce tus cabellos. Antonio Gamoneda
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Hace años, cuando Enrique Bunbury formaba parte de Héroes de Silencio, me resultaba intolerable. Después de ver en la televisión una entrevista en la que me pareció prepotente, y un montón de adjetivos nada “bonitos”, me negué por sistema a escucharlo, casi casi me tapaba los oidos si no tenía la opción de cambiar de canal.
Pasados los años, volví a ver de casualidad otra entrevista en la que ponían videos del último disco que estaba promocionando, “Viaje a ninguna parte”. Me quedé hipnotizada y le dí una segunda oportunidad, desde luego no lo incluiría en mi círculo de amistades, me sigue pareciendo un poco “excesivo”, pero creo que los años han limado algunos aspectos. El disco me parece muy bueno y hay canciones que no me canso de escuchar.
“Una canción triste”
“El rescate”
“La chica triste que te hacía reir”
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