Por fin se han acabado las navidades. Esas fiestas que se suponen entrañables, solidarias, pero que con el paso de los años se vuelven cada día más insoportables por su exceso, exceso de publicidad, de gastos, de comidas, de alegrías ficticias.
Reconozco que tengo un sentimiento contradictorio. Cuando se acercan las fechas, siento que resurgen en mi interior los sentimientos de mi infancia. La ilusión -aunque no sé muy bien porqué, pues ya hace mucho que dejé de creer en los Reyes Magos-, la alegría de poder reunir a toda la familia, pues la vida nos ha llevado a sitios muy distantes, y sobre todo la emoción de preparar la cena de nochebuena con mi madre. Siempre me he preguntado el por qué de ésta última sensación. Como en toda casa, siempre ha habido comidas familiares a lo largo del año, pero esa cena me provocaba una ilusión tremenda. Me pasaba quince días antes interrogando a mi madre sobre el menú que ibamos a tener -aunque todos los años era lo mismo-, y estaba pendiente de todas las compras que realizaba, por si había algún cambio o peor aún, por si se dejaba llevar por la tristeza y sugería concentrar todos los sabores en una riquísima tortilla francesa.
Hoy en día, mis sentimientos infantiles al final son dominados por una sensación de hastío y de ganas de que acaben con toda esta parafernalia lo más pronto posible. Pero cada año dura más, dentro de poco los villancicos nos los pondrán para salir de síndrome postvacacional del verano.
Hoy, estoy contenta, ya he vuelto a la normalidad.